Deseada por unos y temida por otros, después de largos
ruegos y persistentes contrariedades, germinó y se gestó en el vientre de la
madre tierra. Nació ensangrentada, entre lágrimas bondadosas y reprobatorias
miradas. A la pequeña, bella criatura, el Este le regaló la paciencia, el Oeste
le llevó el amor, el Norte la obsequió con el discernimiento y el Sur le dio el
respeto. El desconocimiento, la ambición y la inconsciencia se arrimaban a su
cuna.
Aprendió a gatear arañando su forma. Con sus primeros
imprecisos pasos empezó a caminar errando entre los ideales, lacerando su
esencia y lastimando la realidad por sus equivocaciones.
Transcurrieron años y acontecimientos. Creció, comenzó
a elevarse y a expandirse. Aún inmadura, pero perseverante, emprendió su viaje
hacia la paz. Paso a paso, por senderos dificultosos, iba atravesando todos los
rincones del mundo.
-Nací para conocerte, para cantarte -repetían
los hombres en casi incontables lenguas, saludándola desde las puertas de sus
templos.
-Nací para conocerte, para cantarte -respondía
ella acariciando sus ojos y sus corazones. Tras cada uno de los encuentros, más
plena y más sabia, Libertad seguía avanzando lentamente hacia el destino.