lunes, 14 de febrero de 2022

Posibilidades

Tomé, de manera fortuita, el mismo lado de la acera que los lidiadores que se encontraban a unos pocos pasos de mí y comencé a presenciar cómo se acosaban mutuamente con sus muecas de insatisfacción y expresiones de reproche.

Mi paseo se transmutó en una persecución premeditada en minutos posteriores, con el objetivo de seguir fisgoneando en los disentimientos ajenos mientras el camino nos lo permitiera. No por necesidad de ocio, más bien porque me causa un enorme interés analizar las conversaciones escuchadas casualmente durante mis caminatas diarias.

Esta vez la asistencia pasiva en el intercambio de palabras me causó desasosiego. En cuanto a la contaminación acústica, que habitualmente me dificulta la percepción del contenido en su totalidad, no reclamaría nada.

La pareja voceaba con ímpetu traspasando con sus gritos las ondas sonoras originadas por otras fuentes. En los pocos espacios vacíos que aparecían ocasionalmente entre los enunciados, me preguntaba cuál sería el motivo por el que los participantes de la disputa desearían preservar una relación de estas características.

El acalorado intercambio de opiniones entremezclado con intentos verbales de defensa nos llevó a todos al interfono que, ante mi sorpresa, fue el punto final del recorrido para todos nosotros.

Pulsaron primero izquierda. Segundos después, pulsé yo tercero derecha. Y extraoficialmente, nos despedimos.

En la puerta del piso me esperaba mi querida amiga, zoóloga, investigadora y una magnífica relatora. Planeando un almuerzo común me preparó con ilusión para ser partícipe de una conferencia doméstica que llega a ser el propósito principal de nuestra reunión, siendo la comida, aunque no menos placentera, el objetivo secundario.

No podía ser diferente en esa ocasión.

Así pues, a las dos de la tarde se abrieron las puertas del departamento, del apetito, de mi ascendente curiosidad y la del depósito de los hechos guardados en la mente de la locutora.

En breves instantes estábamos sentadas cómodamente en el salón decorado con imágenes de peculiares criaturas de todo el mundo. De los platos posados en nuestras manos emanaba un deleitoso aroma a salvia que complementaba un magnífico sabor proveniente de una nueva receta ejecutada con sublimidad por mi compañera de degustación.

Disfrutando de los tortelli di zucca escuché interesantes datos sobre el corazón del ajolote, los órganos del danio rerio y el cuerpo de las planarias, admirando la habilidad de narración y de síntesis de la bióloga. Estos deslumbrantes organismos dirigieron mis pensamientos hacia asuntos de otra índole como, dadas mis inclinaciones por ciertos conocimientos, ocurre con frecuencia. Las heridas no siempre son incurables y lo que pareciera estar cerca de la muerte puede estar a punto de entrar en fase de regeneración.

Pronto los platos quedaron vacíos, hecho que podría haber simbolizado el final de esta amena cita. Mi conclusión lejos estaba de la verdad, como me di cuenta enseguida, lo cual nuevamente me hizo reflexionar sobre las apariencias. El vacío no tiene que significar fin y lo aparente no necesariamente demuestra la certeza de las cosas.

Habiéndome complacido con el postre acompañado de una larga y apacible charla, recogí mis pertenencias, me despedí de la anfitriona, me dirigí al ascensor y pulsé el botón para bajar.

Descendiendo, recordaba el arduo diálogo de mi accidental encuentro de esa tarde. Las imágenes incompletas o falaces, las debilidades, incompetencias y predilecciones personales en muchas ocasiones tergiversan el mundo en que vivimos. ¿Cuál era la verídica historia de los del primero izquierda? ¿Era un amor decadente? ¿O tal vez un doloroso inicio de regeneración?

Salí del ascensor, abrí la puerta de la salida y volviendo por el camino elegido en la ida meditaba los potenciales argumentos de aquella historia.

La casa

Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas épocas, los mar...