Tomé, de manera fortuita, el
mismo lado de la acera que los lidiadores que se encontraban a unos pocos pasos
de mí y comencé a presenciar cómo se acosaban mutuamente con sus muecas de
insatisfacción y expresiones de reproche.
Mi paseo se transmutó en una
persecución premeditada en minutos posteriores, con el objetivo de seguir
fisgoneando en los disentimientos ajenos mientras el camino nos lo permitiera.
No por necesidad de ocio, más bien porque me causa un enorme interés analizar
las conversaciones escuchadas casualmente durante mis caminatas diarias.
Esta vez la asistencia pasiva en
el intercambio de palabras me causó desasosiego. En cuanto a la contaminación
acústica, que habitualmente me dificulta la percepción del contenido en su
totalidad, no reclamaría nada.
La pareja voceaba con ímpetu
traspasando con sus gritos las ondas sonoras originadas por otras fuentes. En
los pocos espacios vacíos que aparecían ocasionalmente entre los enunciados, me
preguntaba cuál sería el motivo por el que los participantes de la disputa
desearían preservar una relación de estas características.
El acalorado intercambio de
opiniones entremezclado con intentos verbales de defensa nos llevó a todos al
interfono que, ante mi sorpresa, fue el punto final del recorrido para todos
nosotros.
Pulsaron primero izquierda. Segundos
después, pulsé yo tercero derecha. Y extraoficialmente, nos despedimos.
En la puerta del piso me esperaba
mi querida amiga, zoóloga, investigadora y una magnífica relatora. Planeando un
almuerzo común me preparó con ilusión para ser partícipe de una conferencia
doméstica que llega a ser el propósito principal de nuestra reunión, siendo la
comida, aunque no menos placentera, el objetivo secundario.
No podía ser diferente en esa
ocasión.
Así pues, a las dos de la tarde
se abrieron las puertas del departamento, del apetito, de mi ascendente
curiosidad y la del depósito de los hechos guardados en la mente de la
locutora.
En breves instantes estábamos
sentadas cómodamente en el salón decorado con imágenes de peculiares criaturas
de todo el mundo. De los platos posados en nuestras manos emanaba un deleitoso
aroma a salvia que complementaba un magnífico sabor proveniente de una nueva
receta ejecutada con sublimidad por mi compañera de degustación.
Disfrutando de los tortelli di
zucca escuché interesantes datos sobre el corazón del ajolote, los órganos del
danio rerio y el cuerpo de las planarias, admirando la habilidad de narración y
de síntesis de la bióloga. Estos deslumbrantes organismos dirigieron mis
pensamientos hacia asuntos de otra índole como, dadas mis inclinaciones por
ciertos conocimientos, ocurre con frecuencia. Las heridas no siempre son
incurables y lo que pareciera estar cerca de la muerte puede estar a punto de
entrar en fase de regeneración.
Pronto los platos quedaron
vacíos, hecho que podría haber simbolizado el final de esta amena cita. Mi
conclusión lejos estaba de la verdad, como me di cuenta enseguida, lo cual
nuevamente me hizo reflexionar sobre las apariencias. El vacío no tiene que
significar fin y lo aparente no necesariamente demuestra la certeza de las
cosas.
Habiéndome complacido con el
postre acompañado de una larga y apacible charla, recogí mis pertenencias, me
despedí de la anfitriona, me dirigí al ascensor y pulsé el botón para bajar.
Descendiendo, recordaba el arduo
diálogo de mi accidental encuentro de esa tarde. Las imágenes incompletas o
falaces, las debilidades, incompetencias y predilecciones personales en muchas
ocasiones tergiversan el mundo en que vivimos. ¿Cuál era la verídica historia
de los del primero izquierda? ¿Era un amor decadente? ¿O tal vez un doloroso
inicio de regeneración?
Salí del ascensor, abrí la puerta
de la salida y volviendo por el camino elegido en la ida meditaba los
potenciales argumentos de aquella historia.