Llegó el día del adecentamiento de mi cuarto de
trabajo. Las baldas y los cajones estaban pidiéndome un tratamiento de limpieza
y adelgazamiento imperioso. Habiéndolos usado de almacén de objetos diversos
desde que me mudé, constituían parte de un espacio en el que cada vez más
costaba pensar con claridad. En este estado, con los horarios, los cometidos y
la cabeza bastante caóticos, empecé la tarea.
Me impresioné a mí mismo por la capacidad de guardar
tantos cachivaches durante un tiempo marcadamente prolongado.
El movimiento reiterado, de mis manos de la utilería
mobiliaria al gran saco destinado para ser arrojado al contenedor, me resultó
aliviador de tal manera que cada siguiente acto de expulsión lo realizaba con
más fervor. La saturación mental de los últimos días y la satisfacción de poder
reorganizar una parte de mi espacio vital me llevaron a banalizar la
importancia de aquella caja rectangular. Terminó en la bolsa de plástico de
igual modo que tantas otras cosas.
Complacido, recogí los desechos y los deposité en el
cubo de basura ubicado a la salida del portón.
Volví a casa, me aseé y bajé nuevamente con la intención
de realizar varias gestiones de urgencia relativa. Alguno de los sentidos o tal
vez varios de forma simultánea, hicieron que mi vista terminase, en el lado
izquierdo de la acera donde me había despedido, hacía apenas unos minutos, de
los desperdicios domésticos. La imagen de un padre con su pequeña hija hurgando
en las bolsas, al ser común, ya no me habría llamado la atención. Lo relevante
fue el entusiasmo y la rapidez con la que, siguiendo las instrucciones de la
tapa de cartón, la muchacha juntaba las piezas del rompecabezas. El primero que
compré con mi propio dinero. El papá con paciencia esperaba que apareciese la
imagen completa en las losas. Yo aplacé mis faenas. Quería por última vez ver
el puzzle completo antes de perderlo para siempre. Las despedidas, sean
permanentes o temporales, suelen tener la particularidad de provocarnos alguna
que otra reflexión. Sentía que al fárrago de esa época le vendría bien un poco
de razonamiento introspectivo.
Las piezas no eran numerosas. Pronto pudimos verlas
colocadas cada una en su sitio. La nena empezaba a descubrir el mapa del mundo.
Yo vi en mis recuerdos los incontables lugares que visité después de la
adquisición de aquel juego de mesa.
No sé si la realidad de esa pequeña criatura, le
permitiría ver algo más que las calles donde buscaba sustento. Mirándola me
preguntaba cuánto había aprendido, qué cosas había ganado con mis viajes por
todos los continentes y qué tantas otras fui abandonando o malogrando. Algo en
mí estaba desencajado. Le dije adiós al mapamundi. Convenía ordenar los
rincones más íntimos de mis pensamientos. Intentaba decidir cuál sería el
momento propicio para comenzar, pero los quehaceres estaban al acecho
impidiendo que pudiera centrarme en otra cosa y hacerme compañero de la idea
que se me acababa de pasar por la cabeza. Fui alejándome del encuentro
vespertino con una sincera intención de poner mi energía y mi intelecto a la
acción.
Hoy hace un año de aquel acontecimiento. Los días
pasan rápido al igual que algunas ideas y promesas que nos hacemos. En camino
al aeropuerto me he parado enfrente de mi casa. No lograba acomodar más que mi
apartamento. En pocas horas estaría visitando nuevas tierras y explorando
pueblos desconocidos.