viernes, 21 de enero de 2022

Itinerarios

Llegó el día del adecentamiento de mi cuarto de trabajo. Las baldas y los cajones estaban pidiéndome un tratamiento de limpieza y adelgazamiento imperioso. Habiéndolos usado de almacén de objetos diversos desde que me mudé, constituían parte de un espacio en el que cada vez más costaba pensar con claridad. En este estado, con los horarios, los cometidos y la cabeza bastante caóticos, empecé la tarea.

Me impresioné a mí mismo por la capacidad de guardar tantos cachivaches durante un tiempo marcadamente prolongado.

El movimiento reiterado, de mis manos de la utilería mobiliaria al gran saco destinado para ser arrojado al contenedor, me resultó aliviador de tal manera que cada siguiente acto de expulsión lo realizaba con más fervor. La saturación mental de los últimos días y la satisfacción de poder reorganizar una parte de mi espacio vital me llevaron a banalizar la importancia de aquella caja rectangular. Terminó en la bolsa de plástico de igual modo que tantas otras cosas.

Complacido, recogí los desechos y los deposité en el cubo de basura ubicado a la salida del portón.

Volví a casa, me aseé y bajé nuevamente con la intención de realizar varias gestiones de urgencia relativa. Alguno de los sentidos o tal vez varios de forma simultánea, hicieron que mi vista terminase, en el lado izquierdo de la acera donde me había despedido, hacía apenas unos minutos, de los desperdicios domésticos. La imagen de un padre con su pequeña hija hurgando en las bolsas, al ser común, ya no me habría llamado la atención. Lo relevante fue el entusiasmo y la rapidez con la que, siguiendo las instrucciones de la tapa de cartón, la muchacha juntaba las piezas del rompecabezas. El primero que compré con mi propio dinero. El papá con paciencia esperaba que apareciese la imagen completa en las losas. Yo aplacé mis faenas. Quería por última vez ver el puzzle completo antes de perderlo para siempre. Las despedidas, sean permanentes o temporales, suelen tener la particularidad de provocarnos alguna que otra reflexión. Sentía que al fárrago de esa época le vendría bien un poco de razonamiento introspectivo.

Las piezas no eran numerosas. Pronto pudimos verlas colocadas cada una en su sitio. La nena empezaba a descubrir el mapa del mundo. Yo vi en mis recuerdos los incontables lugares que visité después de la adquisición de aquel juego de mesa.

No sé si la realidad de esa pequeña criatura, le permitiría ver algo más que las calles donde buscaba sustento. Mirándola me preguntaba cuánto había aprendido, qué cosas había ganado con mis viajes por todos los continentes y qué tantas otras fui abandonando o malogrando. Algo en mí estaba desencajado. Le dije adiós al mapamundi. Convenía ordenar los rincones más íntimos de mis pensamientos. Intentaba decidir cuál sería el momento propicio para comenzar, pero los quehaceres estaban al acecho impidiendo que pudiera centrarme en otra cosa y hacerme compañero de la idea que se me acababa de pasar por la cabeza. Fui alejándome del encuentro vespertino con una sincera intención de poner mi energía y mi intelecto a la acción.

Hoy hace un año de aquel acontecimiento. Los días pasan rápido al igual que algunas ideas y promesas que nos hacemos. En camino al aeropuerto me he parado enfrente de mi casa. No lograba acomodar más que mi apartamento. En pocas horas estaría visitando nuevas tierras y explorando pueblos desconocidos.

 


La casa

Emparchado. Las tejas multicolores, las paredes remendadas, la puerta reparada con tablas de madera originarias de distintas épocas, los mar...