jueves, 18 de junio de 2026

De Canencia a Bata: cartografía de colores y de encuentros

El arte y la naturaleza tienen en común una maravillosa capacidad de poder nacer en casi todos los lugares del mundo. Pensé en este encuentro con vosotros a través de mi blog mientras estaba paseando por el pueblo en el que vivo. En Callejillas hay un rincón que raramente se queda solo. En él, los perros pintados en una de las paredes miran protectoramente a los habitantes que pasan por ahí, sobre todo a los más pequeños canencianos, ya que es un parque infantil. Desde la más temprana edad, los niños de Canencia se columpian en presencia del mural de Antonio Santoyo. Un pequeño pueblo en la Sierra de Guadarrama y un menudo espacio al aire libre con la pintura canina que conecta con las esculturas de los perros en la Plaza de la Constitución de la misma localidad. Ambos aluden a la tradición cinegética, es decir, relacionada con el arte de la caza, y también al arte toponímico, que es el que se inspira en nombres de lugares o en su significado.

Tenemos al perro: el animal que guía, conecta mundos y acompaña; y el mural: el arte de grandes tamaños, expuesto en los espacios que facilitan la interconexión del universo artístico con los receptores. Enfoquémonos entonces en esta conexión de elementos. Y para ello vamos a movernos de manera imaginaria por las tierras hispanohablantes y hacer algún que otro viaje en el tiempo también, ¿por qué no?

Desplacémonos unos 400 kilómetros al noreste de Canencia. Llegamos a Pamplona, la capital de Navarra, situada a orillas del río Arga. Os invito a una excursión en bici. Recordad que estáis participando en un viaje imaginario: en él todos sabemos montar en bici y además hace un día espléndido para poder hacerlo y disfrutarlo. Nos acercamos hacia la plaza peatonal bajo la rotonda en que confluyen la calle Tajonar y la avenida de Cataluña. Por aquí vamos a caminar un poco, primero para darles prioridad a los peatones y, segundo, para poder contemplar el mural “Floricultura en la generación Z”. Arte, naturaleza, conexión. Los estudiantes de dos institutos pamploneses y los artistas Leyre Urbeltz y Peio Iglesias se unieron para plasmar reflexiones acerca de lo que es importante para los jóvenes de hoy en día y los valores que quieren transmitir a las futuras generaciones. En esta colaboración entre los alumnos y artistas surgen ideas y emociones que quedan reflejadas en este gran cuadro, en la improvisada galería de un barrio navarro. Y nosotros, ciclistas circunstanciales y peatones por momentos, nos adentramos en el mundo que han creado y que han compartido con nosotros.

Vayamos ahora unos 180 kilómetros al sur. Aquí nos saluda Soria, donde Machado y Bécquer tiñen el ambiente con sus versos. Las escaleras que unen la ronda Eloy Sanz Villa con la avenida Duques de Soria se visten de gala con la leyenda “El rayo de luna”. Las paredes percudidas se entregan a los jóvenes artistas sorianos que junto con Javier Arribas las hechizan con sus colores. Caminamos por el Paseo del Espolón. Puede que el espíritu de Machado nos esté acompañando, tal vez esté mirando el cielo nocturno de la leyenda de Bécquer. El pintado brillo lunar se contenta de poder esconder la fealdad arrojada hace tiempo a los muros del casco antiguo. La noche nos mece con los versos becquerianos.

Seguimos de viaje imaginario y por ello no nos cansa haber pasado casi toda la noche en la carretera. Despertamos en Lugo. Hemos recorrido unos 530 kilómetros al noroeste. La muralla romana nos sugiere el camino. El coche, siendo una especie de cápsula de tiempo, nos permite palpar huellas del siglo III a su lado izquierdo y detener la mirada en el mural del siglo XXI a su lado derecho. Julio César: la espectacular obra del artista Diego AS deslumbra con sus grises minuciosos. He aquí una ciudad gallega que hermana la grandiosidad del arte antiguo y la belleza del arte mural, el mensajero y el servidor de las ciudades modernas. En una gira relámpago nos acercamos a decenas de murales sembrados por todos los rincones de la ciudad. Pero en este primer encuentro aún nos queda mucho por ver. Toca decirle: hasta siempre, Lugo.

Y ahora vamos a soñar un poco. Me encanta soñar con volar. Pues ahora os voy a proponer que por unos instantes soñemos despiertos con que volamos. Nos hará mucha falta: emprendemos camino hacia América, a unos 9000 kilómetros de Lugo.

Nos aproximamos en vuelo a Iztapalapa, Ciudad de México. La imagen que comienza a tomar forma delante de nosotros nos invita a continuar nuestra exploración desde el aire. Una inmensidad de escenas, colores, figuras, personajes y seres de toda índole trepan, gatean, brotan, se zambullen y funden con el lugar. El paisaje pictórico creado por un importante grupo de artistas mexicanos y latinoamericanos extiende la mano al progreso, a la unión y a la paz. Sentaos conmigo por unos segundos encima de las cabinas del teleférico que recorre la ciudad. Desde aquí podemos escuchar las voces de los niños, que desde dentro señalan las pinturas maravillados. Mientras nos vamos alejando, las voces infantiles resuenan vigorosamente.

Siguiente parada: Colombia, a unos 3000 kilómetros de la Ciudad de México. La corporación Cinco Sentidos de Medellín nos introduce en su mundo en el que confluyen pinturas que enlazan el pasado y el presente, creaciones que hablan del pueblo colombiano y sobre todo el medellinense, de sus valores, sus riquezas, lo ya ausente de su tierra aunque en cierto modo latente en la memoria, en las costumbres, en las tradiciones y en los trazos del pincel que lo inmortaliza. El arte creado por todos y para todos, el incalculable valor de la naturaleza, grandiosa y frágil al mismo tiempo. Los cuadros cuyos marcos son la ciudad, un tejado, una ventana, unos pétalos, el cáliz de una flor. O los árboles, como los que evoca Totó la Momposina en la canción “La tierra del olvido”. Aticemos los cinco sentidos antes de retomar el viaje.

Vayámonos unos 6000 kilómetros de Medellín. Valparaíso, Chile. El Océano Pacífico de lejos saluda con sus olas a los Andes. “Y así fue pintando calles, los murales, las escaleras, tus 44 cerros de la Esperanza a las Torpederas”, cuenta la canción “Sueño Valparaíso”. Los cerros parecen haber hecho un pacto con la creación universal y la humana. El espectáculo marítimo se amalgama con una fiesta de colores y escenas gráficas. Los solsticios, el equinoccio de otoño, los murales del “Valparaíso Azul”, el personaje andino Kusillo junto con el alegre Ekeko. Las imágenes unen las culturas hispánicas y prehispánicas. Daniel Marceli, Cynthia Aguilera y Sammy Espinoza, INTI, Franco Fasoli y tantos otros artistas plásticos se reúnen en pos de una experiencia estética que, surgiendo desde lo urbano, se acerca a las ideas trascendentales. Cerro Alegre, Cerro Cárcel, Cerro Concepción, ¡un gusto haberos visitado! Seguramente vuestro cronista Joaquín Edwards Bello os continúa observando desde el más allá. A nosotros ya nos toca partir.

Esta vez no vamos tan lejos. Cruzamos la cordillera y aterrizamos en Córdoba argentina, la ciudad de las campanas. Estamos aproximadamente a mil kilómetros de Valparaíso. Las paredes de la Plaza de la Música presumen de los gigantescos cuadros abstractos diseñados por Elian Chali. Sobresale el color rojo: pasión y fuerza. Junto con uno de los edificios más destacados de la Docta moderna, relatan en cierto modo la historia personal del artista. Pasión y fuerza, y, con las contrariedades, se va moldeando un camino lleno de brillantez y satisfacción. Echamos una última mirada al río Suquía, que corre en paralelo a los ríos de colores en la fachada de la Plaza de la Música, y nos vamos a caminar un poco por una de las capitales americanas de la cultura. En esta ocasión vamos por el Paseo de los Andes, algo más de media hora de caminata. En el barrio del observatorio astronómico, Olivia levanta la mirada hacia el cielo. El mural hiperrealista de Martín Ron, plasmado sobre un edificio de viviendas, concilia la emoción, la ciencia y el cosmos, y lo hace con una mirada infantil. Le voy a pedir a Olivia que me preste su globo. Me voy a Perú. ¿Me acompañáis? Sujetaos, allá vamos.

Perú, Lima, a unos 3300 kilómetros de Córdoba argentina. Vamos a visitar uno de los 43 distritos de la provincia de Lima: Villa María del Triunfo. El mundo fantástico con rasgos de la cultura andina y amazónica, multitud de colores y sus matices, las figuras de mujeres y niñas, los animales simbólicos. El mundo imaginario lo construye la antropóloga y muralista Mekilu junto con sus ayudantes: niños y vecinos que comparten sus ideas, participan en la creación y aprenden a través del arte. Un aula al aire libre, un lugar para aprender, para convivir, compartir y experimentar el arte. Una idea excelente, ¿no os parece? En cierto modo me recuerda a la Floricultura en la generación Z de Pamplona...

Comenzamos poco a poco el camino de regreso. Pero antes pasemos por un penúltimo lugar.

San Salvador, la capital de El Salvador. Estamos a unos 3300 kilómetros de Lima. El gran abrazo pintado por Abraham Osorio nos recibe desde uno de los muros de la ciudad. Un gesto sencillo y universal convertido en arte monumental. Los brazos que se entrelazan parecen recordarnos algo que con frecuencia olvidamos en medio del ruido cotidiano: la importancia de los vínculos entre generaciones. Los mayores y los niños, la experiencia y el descubrimiento, la memoria y la esperanza. El mural transforma una pared en un mensaje visible para todos, una invitación permanente al cuidado mutuo. Mientras lo contemplamos, la ciudad continúa su movimiento incesante alrededor de la pintura. Pero el abrazo permanece allí, firme, insistiendo en que ninguna comunidad puede construirse sin afecto.

Última parada: Bata, Guinea Ecuatorial. Hemos cruzado el Atlántico para regresar poco a poco hacia África, donde también resuena la lengua española. En el Centro Cultural de España, la artista gallega Lidia Cao despliega un universo de figuras humanas, naturaleza y símbolos que parecen dialogar entre sí. Sus personajes habitan espacios donde las fronteras entre lo interior y lo exterior se difuminan. Los colores suaves y las formas orgánicas sugieren encuentro, escucha y transformación. Quizá sea una manera de mostrarnos que la cultura no es algo inmóvil, sino una conversación constante entre personas, territorios y experiencias. En Bata, como en Canencia, Pamplona, Medellín o Lima, el arte vuelve a ocupar el espacio compartido para invitarnos a mirar con más atención el mundo que nos rodea.

Ya es hora de volver a casa, con la memoria y el corazón llenos de colores y mensajes. Lugares más o menos distantes se vuelven cercanos. Y los artistas, junto con Martin Buber, seguirán recordándonos que no somos cosas separadas, sino relaciones en movimiento.

Queridos continentes, hasta el próximo encuentro.


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